Relatos del videojuego: Te odio Prey

Siempre te he odiado, desde el principio, sobre todo cuando descubrí aquello en lo que te habías convertido. Ese odio del que hablo siempre estuvo ahí y siguió creciendo mientras exploraba cada estancia y los pasillos de la estación espacial Talos I, una especie de compañero incómodo y omnipresente que a cada instante parecía susurrarme insistentemente uno de mis credos fundamentales como buen jugador: Terminar siempre un videojuego que has empezado. Te guste o no.

Recuerdo, con una hipócrita mueca de satisfacción, como fueron mis últimos momentos en aquella estación espacial a la que no regresaré jamás. Posiblemente los últimos minutos de juego fueron los que más disfruté, aquellos vertiginosos instantes en vista de túnel hacia mi objetivo final, que no era otro que acabar este juego para siempre. Aproximándome al inminente desenlace, enfilé hacia una escalera que conducía hasta el puente de mando, mientras tanto, constantes llamadas y mensajes resonaban dándome instrucciones, grabaciones, últimos avisos y llamadas de auxilio… no escuchaba absolutamente nada, en ese momento solamente importaba una cosa; mi carrera hacia la liberación personal.

Escopeta en mano irrumpí en el puente, una amplia sala de control futurista donde aguardaba mi hermano, Alex Yu, personaje al que momentos antes acaba de salvar el pellejo casi a regañadientes. En aquel instante a punto estuve de dejarlo abandonado a su suerte, como a la mayoría de personajes secundarios de toda esta historia que solicitaban mi ayuda a modo de molestas tareas u objetivos adicionales que contribuían a retrasar mi avance. En aquella sala de control y frente a mi, Alex Yu, mi hermano, sostenía una pistola y había empezado a soltar por su boca la típica retahíla de última hora, el clásico discurso final que esconde una terrible revelación que a menudo también desemboca en una compleja decisión.

 

Todo aquello me importaba un pepino, la historia de verdad que me la sudaba totalmente, escuché lo suficiente como para entender las evidencias de que mi hermano no era trigo limpio y eso me había perjudicado. Mi reacción no se hizo esperar y mi respuesta fue un sonoro y contundente cartuchazo de escopeta sobre la enorme barriga de mi hermano, un instante precioso que mis ojos visualizaron a cámara lenta, recreándome, aquello no solamente servía para poner punto y final a un personaje irritante con pinta de guarro cuya impertinente voz me había estado molestando por el sistema de comunicaciones durante toda la partida.

Ahora el juego parecía cobrar sentido. Era consciente de que había varios finales posibles pero no me importaba en absoluto descubrir las alternativas a mis acciones. Solamente quería terminar y marcharme para no volver, para ello disparé a mi hermano, activé la autodestrucción de la Talos I y senté a mi personaje en un cómodo sillón para que se volatilizara en mil pedazos junto a toda aquella historia espacial. Eso es justo lo que quería, nada más.

Por supuesto, después de aquello, aguardé a la cinemática final, esa que a menudo aparece después de los créditos, otra regla de obligado cumplimiento entre los jugadores más sabios. Curiosamente el juego todavía se atrevía a plantearme otra última decisión moral que, claro, no revelaré por respeto a todo aquel que no haya jugado esta aventura. Solamente diré que una vez más escogí la decisión con la que desde mi perspectiva conseguía matar al propio juego.

Debo reconocer que Prey tiene algunos momentos y situaciones conseguidas, como los paseos espaciales entorno al exterior de la estación, el uso del cañón GLOO y como va “abriéndose” su escenario. El ambiente de ciencia ficción resulta convincente y la banda sonora me hizo un poco más ameno el recorrido en ciertas partes, aunque bien es cierto que incluso en su destacable banda sonora hay elementos que odio con todas mis fuerzas, como esa molesta melodía que siempre arranca en los combates o cada vez que un enemigo descubre tu presencia cuando a hurtadillas atraviesas alguna sala.

 

Incluso me gusta a ratos esa sensación que transmite al jugador de siempre sentir que estás superado y al límite, tanto en recursos, como en fuerza y por supuesto mermado por un impreciso sistema de combate en el que no puedes confiar del todo, más aún cuando los enemigos parecen imbatibles, sobre todo al principio, cuando tienes poca capacidad de ataque y todavía no estás familiarizado con los árboles de habilidad.

Los Tifones… enemigo mío, otro elemento principal que tampoco me agrada o no supe encajar, quizá porque en el género de la ciencia ficción ya he visto demasiadas criaturas y bicho raro, todos han sido explotados o imitados hasta la saciedad. El caso es que el escaso repertorio de criaturas con forma de sombra que deambulan por la estación espacial se me antojaron cansinas, molestas y sin gracia alguna. Deseas matar hasta el último tifón para extinguirlos pero los combates se revelan imprecisos, erráticos y el sistema de juego invita a la esquiva más que al encontronazo directo, y aunque la maña antes que la fuerza a menudo es un recurso efectivo, en este caso también sirve para camuflar un sistema de control poco pulido que en más de una ocasión consigue atacarte los nervios.

Sin duda, el detalle que salva a este juego a ojos de la crítica “profesional” y de muchos jugadores es percibir o experimentar sus múltiples influencias. Cada uno de los elementos de su jugabilidad evocan en mayor o menor medida, imágenes sutiles y momentos del pasado que vuelven para reclamar su autoría y no su aporte voluntario en esta fiesta a la que no quieren ser invitados. No hay que confundirse, esas reminiscencias no regresan para convencerte de que estás jugando a un buen videojuego, vuelven para recordarte que todo esto ya lo has vivido antes, que hace algún tiempo jugaste a juegos muy buenos cuya influencia se extiende hasta nuestros días y algunos pretenden sacar provecho de ello. Half Life, Resident Evil, BioShock, Deus Ex, Dead Space y otras estrellas del videojuego, parte de su ADN fue robado para ser inyectado en esta especie de híbrido con la complicada misión de querer abarcar las mecánicas de todos ellos, meterse en el bolsillo al jugador y al mismo tiempo enmendar el nombre de Prey. No pudo conseguirse, Arkane tiene mis respetos, por Dishonored y por este marrón que les cayó encima llamado Prey.

 

 

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COBRA

Me gustan los videojuegos que tienen una buena historia que contar. Soy un jugador de acción, adoro los disparos y las explosiones. Si tienes problemas ¡vuélalos por los aires!

3 comentarios

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  1. Voyevodus 2 de octubre de 2018 a las 10:20 Responder

    Con la buena pinta que tenía en aquellos primeros trailers…

    Yo también abogo por esa filosofía de terminar todo juego que empiezo pero, en muy contadas ocasiones, ha sido superior a mis fuerzas. Y la última, precisamente, ha sido ahora con el Vampyr… no es que sea una mierda, pero no me motivaba nada seguir avanzando. Me excita mucho más la idea de empezar un nuevo maratón retro: Super Ghous & Ghosts, Megaman 3, Shadow Warrios 1 y 2, Ninja Gaiden Arcade, y los Final Fantasy 1, 3 y 6.

    Cuando acabe, iré a por el RDR2. A ver si para entonces ya puedo encontrar alguno por 50 pavos.

    Gran texto.

    Saludos!!

    • RUBIO 2 de octubre de 2018 a las 17:53 Responder

      Si, fue un cambio sustancial. Aunque su apariencia sufriera un gran transformación, los problemas principales que veo en este Prey es, y en orden de importancia, su control y después la sensación de querer abarcar demasiado y no llegar. No está mal pero no volvería a jugarlo y antes que el, si todavía no has jugado alguno, recomendaría todos aquellos videojuegos en los que se inspira.

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