=Crónicas desde Skyrim= Diario de un viaje III

Skyrim

achtung spoiler

Este videojuego merece mucho más que un simple análisis porque no es un  título más. Es un viaje, una experiencia y una historia que merece ser contada y que sin duda todos los que la jugamos recordaremos siempre.

Esta es mi historia personal en Skyrim, contada como un diario de viaje en el que no sigo un orden establecido pero si intento que el argumento de la historia principal vaya apareciendo poco a poco. Mi intención es recorrer y descubrir Skyrim. Conocer su historia, sus ciudades, sus gremios y todas las sub-aventuras para poder forjar de este modo una aventura completa y un personaje que sea digno de enfrentarse y desvelar la historia principal. Todo ello contado y anotado en tiempo real sobre un cuaderno a modo de relato.

Como curiosidad, quería resaltar que las fotos que aparecen acompañando el texto son fotos que hago con la cámara de mi móvil durante la partida.

Diario de un viaje III

Riften y el Gremio de los Ladrones

 logo skyrim

 

El sol comenzaba a ocultarse en Skyrim. Después del baño en las pozas de aguas termales, me encaminé ladera abajo, rumbo a la Arboleda de Kynos. Allí había una posada y era un buen lugar donde pasar la noche. Me vendría bien comer algo caliente y dormir bajo techo, antes de proseguir mi camino hasta Carrera Blanca.

Era ya noche cerrada cuando llegué a las puertas de la posada. En los alrededores de la casa había un huerto y un horno para fundir metales. La casa tenía un enorme salón de techo alto y en medio una gran hoguera, donde se calentaban los viajeros. A ambos lados del salón principal, donde también se encontraba la barra y algunas mesa, estaban las habitaciones con pequeñas camas de paja, cubiertas con pieles de cabra y ciervo. Era un buen sitio para dormir y al caer la oscuridad, el aullido de los lobos animaba a cualquier viajero a pasar la noche allí.

Me acerqué a la posadera para pagar algo de comida caliente y una habitación. Fue en ese momento, cuando observé que un individuo no me había quitado ojo de encima. Era un nórdico de unos cuarenta años, con una larga barba rubia. Estaba sentado en una mesa, junto al fuego y sujetaba una jarra de aguamiel. Al ver lo raudo que era levantando la jarra, su gusto por la típica bebida nórdica era algo más que evidente.

-“Si necesitas saber algo acerca del aguamiel, Roggi puede contarte todo lo que necesites”- dijo la posadera. Pagué una ración de conejo, una botella de aguamiel y una cama para pasar la noche. Las posadas de Skyrim eran un punto de encuentro para viajeros, aventureros y gentes de todo tipo, donde uno podía guardar/se y descansar en un lugar seguro a cambio de algunas monedas de oro.

Decidí acercarme a la mesa de aquel nórdico con la botella de aguamiel en la mano. La bebida ayudaría a entablar conversación y quizá, podría sacar algo de información valiosa. En ocasiones esos chismorreos solían venderse a buen precio.

-“Hola, hijo de Skyrim, siéntate y bebe conmigo, mi nombre es Roggi” – dijo amablemente. Su rostro tenía una expresión aburrida y a juzgar por su manera de hablar, llevaba un buen rato llenando la jarra. Tenía aspecto de leñador y llevaba una trenza en sus doradas barbas.

-“Comentan por ahí que Helgen fue destruida por el mismísimo Alduin.” – dijo el nórdico con voz tranquila.

Conté lo que había ocurrido en Helgen, pues lo había visto con mis propios ojos, pero guardé los detalles de mi captura para mi. Aquel hombre era un desconocido y aun no sabía con quien estaba hablando. -¡Por Meridi!- exclamó… -“si esa criatura está campando por Skyrim, mejor será tener la barriga llena de aguamiel”- dijo estrellando su jarra contra mi botella.

Posada Skyrim

Hablamos durante largo rato sobre dragones y maldecimos a los elfos por haber cedido a los imperiales el control de nuestra sagrada tierra. No había duda de que compartíamos pareceres. Roggi al igual que yo, todavía no se había alistado a los Capas de la Tormenta y como buen nórdico, tampoco mostraba aprecio por los imperiales. A pesar de estar algo borracho, se mostraba prudente en sus comentarios. Era leñador y trabajaba en un aserradero cercano, pero parecía haber tenido un pasado de soldado. No me equivocaba, entre trago y trago, hablaba sobre su vida pasada. Tiempo atrás, había formado parte de la guardia del Jarl de Ventalia -“eso fue hace mucho”- dijo mirando fijamente el fuego. Parecía desilusionado con la vida que llevaba ahora.

Una niña de rubios cabellos correteaba entre las mesas de madera. El aguamiel, un lecho caliente donde dormir y el calor del fuego, habían hecho llegar a algunas gentes a la posada. Sentados en las mesas, algunos mineros y leñadores descansaban después de un largo y frío día.

Bebí un trago de aguamiel y comencé a hablar de mi viaje. La verdad es que hacía tiempo que no hablaba con nadie. Ralof, el Capa de la Tormenta que huyó conmigo en Helgen, era la última persona, ajena al gremio, con la que había mantenido una conversación. ¿Habría vuelto a las filas de la guerrilla nórdica?.

Roggi escuchaba atentamente, mientras yo contaba algunas de mis funciónes en el gremio y los trabajos de la familia Espino Negro.- “Hay que comer hermano, son tiempos difíciles y en ocasiones, Talos es caprichoso con nuestros destinos “- dijo Roggi con cierto pesar. Parecía cada vez más interesado en mi historia. El tampoco era feliz, su vida como leñador en la Arboleda de Kynos no parecía agradarle demasiado.

Después de aquella conversación, hicimos una pausa para beber. Me levanté a por mi ración de conejo y la puse en el centro de la mesa. El nórdico comenzó a hablar sobre un escudo ancestral de su familia. Al parecer, era una preciada reliquia que su abuelo había perdido en estos parajes. Saqué mi mapa y el nórdico señaló la zona con la punta de una daga. Según explicaba Roggi, el escudo estaba en el interior de una cueva y marcó el lugar exacto en mi mapa. Parecía sencillo, salvo por un detalle. En los alrededores y en el interior de la cueva, habitaba un grupo de bandidos. Conocía aquella zona, la Arboleda de Kynos era famosa por sus bellos parajes pero también por los asaltantes de caminos y los bandidos que habitaban en sus colinas. Aquellos hombres eran peligrosos y hay muchas clases de bandidos repartidos por todo Skyrim. Suelen forman pequeños grupos de hasta cinco miembros, a menudo salvajes y muy violentos, pero en ocasiones pueden llegar a organizarse en auténticos clanes, bien protegidos y con buenos guerreros e incluso algún mago. Estos hombres crean muchos problemas a las autoridades, a los viajeros y a las pequeñas aldeas.

Resultaba extraño, aquel barbudo rubio sabía exactamente donde estaba perdido su escudo, pero más me sorprendió cuando dijo: -“pareces un buen guerrero, seguro que tú podrías ayudarme y encontrarlo”-

-¿Qué gano yo con todo esto?- respondí con cierta desconfianza. Roggi levantó su jarra de aguamiel y la terminó de un trago -“no te arrepentirás Rubio, te lo aseguro”. Se levantó de su silla y mirándome dijo: -“lo reconocerás nada más verlo. Avísame cuando estés de vuelta, ya sabes donde encontrarme y…  que Talos te guíe” dio media vuelta y se marchó a su habitación.

Era una extraña propuesta, ¿por qué no iba él mismo a buscar el escudo?. Parecía un hombre inteligente y capaz. Sin duda ocultaba  algo, pero en sus ojos y en sus palabras no se apreciaba maldad alguna.

Crónicas desde Skyrim

Ese fue el día que conocí a Roggi “Barba Anudada.

Terminé la jarra de aguamiel y me marché a mi habitación. La cama era pequeña pero caliente y bastante más limpia que los lugares donde había dormido últimamente. Atranqué la puerta con mi espada y me despojé de la coraza, los guanteles y las botas.

Tumbado sobre la paja y arropado entre las pieles, observaba las sombras y las figuras que creaban la luz de las velas. En ese momento recordé la tarea que me había encomendado el mago de la corte de Carrera Blanca, Farengar. Recuperar aquella piedra de dragón en el Túmulo de las Cataratas Lúgubres. No lo había olvidado, era mi gran misión pero antes debería serguir mi propio camino. Aquella noche volví a dormirme pensando en dragones.

A la mañana siguiente desperté temprano y lo primero que vino a mi mente, fue la conversación de la noche anterior con Roggi.  En ese momento, algo me decía que debía cumplir aquel extraño favor. Quería recuperar aquel escudo. La misión de Maven Espino Negro podría esperar un día más.

No vacilé, me vestí rápidamente y preparé mis utensilios. Comprobé mi arco, monté los guanteles de acero en mis brazos y saqué mi estupendo yelmo nórdico. Tomé un par de flechas y la frasca donde había almacenado el veneno congelador de las arañas. Muy despacio y con la ayuda de una pluma, embadurné la punta de aquellas saetas orcas. Podrían serme útiles con los malditos bandidos.

No había amanecido cuando salí de la posada. Hacía frío y había vuelto a nevar durante la noche, pero apenas había nubes en el cielo. Busqué en mi bolsa de piel una manzana y el mapa que indicaba el lugar donde estaba la cueva. No estaba lejos de allí. Sujeté el escudo en mi espalda, agarrándolo con las tiras de cuero y comencé a caminar siguiendo un pequeño sendero.

El camino me llevó hasta una enorme pradera, poblada por hierba y algunos peñascos. A lo lejos, entre unos árboles, pude divisar unas enormes hogueras en la oscuridad. Seguramente era un grupo de gigantes. Acostumbran a hacer enormes fuegos en sus campamentos durante la noche.

Las indicaciones en el mapa, llevaban colina arriba, alejándome del camino. La nieve crujía bajo mis pies y el terreno se empinaba ligeramente a la vez que se volvía más pedregoso. Con un poco de suerte encontraría la cueva y a los bandidos aun durmiendo. Los hombres que duermen al raso, despiertan temprano con el frío y durante la noche tienen el sueño ligero, pero los que habitan en las cuevas o los fuertes abandonados, se encuentran más protegidos y confiados. Aun así, debía ser cauto.

La oscuridad comenzaba a desaparecer, y poco a poco la luz del nuevo día comenzaba a dar forma y color al campo de Skyrim. A unas cuantas varas de distancia, pude divisar unos grandes peñascos. Era el lugar que había marcado Roggi en el mapa.

Me agazapé detrás de unas rocas y observé con detenimiento el lugar. Parecía tranquilo y no había visto marcas en la nieve, sin embargo percibía un ligero olor a quemado. Seguí moviéndome  con cautela por el terreno. Avanzaba despacio, moviéndome con sigilo entre las grandes rocas. El olor era cada vez más fuerte. De pronto, escuché el ligero crujir de la leña en un fuego y pude ver el humo que salía por encima de una elevada agrupación circular de piedras.

Dí un pequeño rodeo y trepé despacio por una roca cercana, estaba helada y a punto estuve de resbalar. Me asomé muy despacio por encima de la fría roca, descubriendo un pequeño claro donde había encendido un fuego, con un pequeño skeedar ensartado, asándose al calor de la llama. A su lado, un hombre permanecía sentado, avivando el fuego con pequeños troncos. Era un bandido, no había duda. Posiblemente había montado guardia toda la noche y ahora esperaba a que el resto del grupo despertara. A su lado estaba la entrada de la cueva, con una puerta de madera que seguramente habían construido los propios bandidos.

Preparé el arco y con sumo cuidado, saqué una de las saetas envenenadas. El daño de la flecha bastaría para dejar fuera de combate al bandido pero por si acaso, el veneno paralizaría el habla y el cuerpo, impidiendo de esta manera que alertara al resto.

El bandido se había levantado para coger su espada. Estaba de pie, cara al fuego y dándome la espalda. Me lo había puesto muy fácil. Con el cuerpo descubierto y yo en una posición elevada era muy dificil fallar. Siempre me gustó manejar el arco.

Disparé con gran acierto. ¡Demasiado por Azura! y el veneno no hizo falta. La flecha alcanzó al bandido en el cuello, atravesando su garganta y desplomándose fulminado.

Guardé el arco y me acerqué despacio. Desenvainé mi cuchilla orca como precaución y lentamente me arrodillé al lado del cuerpo. Sería buena idea registrarlo. Quizá tuviera algo útil encima. Algunas ganzúas y una daga de hierro muy oxidada, no llevaba más. De pronto escuché un ligero crujido detrás de mi. Permanecí inmóvil y continué registrando con una mano el cuerpo del bandido, mientras que con la otra mano levantaba el filo de mi espada. Lentamente orienté la hoja hacia mi. Observé mi figura reflejada en la hoja y tras ella, una oscura sombra que se movía.

Fatality

Me di la vuelta rápidamente a la vez que lanzaba un espadazo. La sombra echó el cuerpo hacia atrás, esquivando la punta de mi cuchilla. Al girarme, pude verlo. Era otro bandido, un horrible orco blandiendo una enorme maza -“voy a aplastarte la cabeza”- murmuró. Era grande, sobre su piel oscura llevaba una armadura imperial tachonada y unas pieles de lobo negras.

El orco gritó abalanzándose sobre mi, a la vez que descargaba un potente golpe con su maza que conseguí desviar con la espada, pero esta se quebró en dos trozos. Lancé un contraataque a su costado con la maltrecha cuchilla, pero lo esquivó, golpeándome con el mango de la maza. El impacto fue tal que me hizo perder el equilibrio, y caí sobre unas rocas. El orco levantó su maza para rematarme, pero rápidamente rodé por el suelo esquivando su golpe fatal.

Me incorporé y miré a mi adversario. El orco resoplaba fuertemente y sus ojos estaban cargados de odio. Comenzó a avanzar hacia mi, mientras sujetaba su mortífera maza con las dos manos. Descolgué mi escudo para cubrirme, mientras, con la otra mano, buscaba mi pequeña pero afilada daga élfica.

No hubo tiempo, comenzó a golpear en mi defensa con su maza una y otra vez. Terminó lanzándola fuertemente contra mi. La maza se estrelló en el escudo y quedó a mis pies -“no necesito ningún arma para acabar contigo, lo haré con mis propias manos”- gruñó el orco.

Un combate cuerpo a cuerpo era peligroso. Esta raza puede entrar en un estado de furia temporal,  haciéndoles luchar con una rapidez y una fuerza antinatural. Ahora el orco había entrado en ese trance.

Lancé un puñetazo a su rostro pero ni se inmutó. Con un simple revés de su antebrazo, me lanzó varias varas por encima del suelo. El orco saltó sobre mi, agarrándome del cuello. Sus fuertes manos superaban a las mias y aprisionaban mi garganta cada vez con más fuerza. Su rostro estaba tan pegado al mío, que podía oler el hedor nauseabundo de su respiración -“eres una auténtica belleza…”- mascullé.

Solté una de mis manos, la presión aumentó y apenas podía respirar. Eché mano a mi cinturón, buscando mi daga élfica. La vista se me nublaba, cuando conseguí sacar la daga y hundirla con fuerza en el costado del orco. La  primera estocada perforó la armadura de cuero pero las costillas detuvieron la hoja. El segundo golpe pasó limpiamente la caja torácica y la hoja se hundió hasta la guarda. El orco empezó a sufrir espasmos, pero sus fuertes manos aun ejercían fuerza. Hasta tres veces fue necesario hundir la daga en su cuerpo para que cesara la presión. En ese instante de debilidad, logré levantar mi brazo alcanzando con la daga la sien del orco. Un chorro de sangre negra  se derramó sobre mi rostro. Pude saborear su amargo sabor.

Despegué sus sucios dedos  de mi cuello y aparté su pesado e inerte cuerpo a un lado. Permanecí tumbado en el suelo durante un momento para recobrar el aliento, mientras observaba el rostro del orco muerto. Aun tenía la daga clavada en la cabeza. Me levanté del suelo y recuperé mi preciada arma éflica. Un gran momento, cuando cogí esa pequeña daga del arsenal del gremio.

Empujé la tosca y maltrecha puerta de madera que los bandidos habían montado y entré en la cueva despacio. Ante mi aparecía un largo y estrecho túnel que descendía hasta las profundidades de la tierra. Lentamente me aventuré hacia sus adentros, avanzando por la cavidad que conducía hasta una amplia antesala. En el suelo de aquella cámara había botellas vacías y algunos huesos de animales. Una pequeña hoguera apagada, aun humeante, calentaba a tres bandidos que aun dormían en unos sucios camastros de paja y piel. Los lechos de sus ocupantes estaban lejos de la entrada y eso había evitado que escucharan la pelea con el orco. Me acerqué a ellos y uno a uno, fui degollándolos con mi pequeña daga, en silencio y mientras dormían. Fue rápido y cruel, pero no quería correr más riesgos. Esos bandidos no habrían tenido ningún tipo de piedad conmigo, si hubieran llegado a despertar.

Registré la sala buscando el escudo, pero no había rastro alguno de la reliquia familiar de Roggi. La cueva continuaba por otro pequeño túnel, que llevaba hasta el final de la cueva. En ese instante, escuché a alguien silbar y tararear una canción.

Me aventuré sigilosamente empuñando mi pequeña daga. El túnel comunicaba con otra  cámara más pequeña y de donde provenía aquella voz. Lentamente doblé la esquina y vi al último bandido. Era un argoniano y vestía una larga túnica azul, como las que llevan los aprendices de mago. Probablemente era el cabecilla de los bandidos, ya que su estancia estaba cómodamente adornada, con pieles, antorchas y algunas joyas.

Crónicas desde Skyrim

Lentamente, comencé a acercarme por su espalda pero el argoniano se giró. Al descubrirme, bramó con fuerza a la vez que lanzaba un conjuro de escarcha que me lanzó hacia atrás. Pero no era lo suficientemente poderoso. Con el cuerpo frío y empuñando mi daga, avancé hacia el atónito bandido clavando la fría hoja en sus entrañas. Retorcí la hoja en su estómago mientras le susurraba: “soy un nórdico… me gusta el frío”. El argoniano permaneció un momento en pie y al momento se derrumbó en el suelo sin vida.

No había duda que era el cabecilla y aquellos sus aposentos. La cámara almacenaba pequeños botines, compuestos por pequeños cofres de joyas y pociones de gran valor. Fue entonces cuando reparé en una estupenda hacha enana que había apoyada en una de las paredes y sobre ella, anclado en la fría piedra, un viejo escudo circular. Me acerqué y descolgué aquella vieja defensa. Era un antiguo escudo nórdico y desprendía un tenue resplandor azulado. Sin duda era el escudo de Roggi.

Sujeté con firmeza la vieja defensa a mi brazo y decidí quedarme también con aquel hacha. Mi cuchilla se había quebrado en la lucha con el orco y la pequeña daga élfica no podría defenderme durante el regreso a la Arboleda de Kynos. Había terminado en la cueva.

Rápidamente atravesé las dos cámaras subterráneas y subí por el largo túnel hasta llegar a la salida. Empujé despacio la puerta y la luz del sol golpeó mi rostro, cegándome por un momento. Por fín respiraba aire puro, no me gustan las cuevas por Azura.

Al tapar la luz del sol con mi mano, observé a un hombre al lado del orco muerto. Estaba de pie, frente a mi, sin moverse. Era otro bandido y me observaba paralizado. Parecía que regresaba de caza pues llevaba un zorro y dos conejos al hombro. Blandí el hacha con las dos manos mirándolo fijamente. Al verme quedó horrorizado y fue en ese momento, cuando me percaté de que tenía todo mi cuerpo y el rostro empapado en sangre. El bandido soltó todas sus cosas y huyó despavorido.

Era el momento de volver a la Arboleda de Kynos y beber una buena jarra de aguamiel.

Etiquetas Bethesda

Comparte este artículo

RUBIO

Rubio en Google+ Redactor jefe de BornToPlay. Los videojuegos son una de mis grandes pasiones. Actualmente escribo especiales y analizo los últimos títulos manteniendo siempre una valiosa conexión con aquellos clásicos que marcaron el rumbo del videojuego. Firme defensor de toda mecánica que desafíe tendencias comerciales y accesibles. No soy un periodista ni un mercenario, soy un jugador.

5 comentarios

Comentar
  1. BladeRunner 29 de febrero de 2012 a las 02:03 Responder

    “Me incorporé y miré a mi adversario. El orco resoplaba fuertemente……” Eso parece el prólogo de una peli guarrilla mas que otra cosa..

    Bueno en serio, enhorabuena por el texto, genial como los dos anteriores, me ha encantado.

    Saludos !

  2. RUBIO 29 de febrero de 2012 a las 09:40 Responder

    Blade… asi que te va el rollo orco eh… yo prefiero los elfos son más delicados a la hora de “clavarte” la espada, pero si te apetece probar cosas nuevas, puedo ogranizarte un encuentro con tres medianos. . . jejeje

Publicar un nuevo comentario