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Citas del videojuego: Max Payne

 

Me encuentro a salvo de la ciudad en el asiento de atrás de un coche en marcha. Ella me ve pasar con sus afilados ojos de neón. La noche ha adornado con plata los rascacielos. Las luces rojas y azules del coche de policía centellean en la blanca nieve.

Algo suena en la noche. El ruido se asemeja lo suficiente a un disparo como para llevarme de nuevo al principio. Mi último encuentro con Alex antes de que yo me infiltrara. Sentado frente a mí en un horrible restaurante barato, me había sonreído, un oso amistoso, pero yo lo había visto en sus ojos. No habíamos estado en el lado ganador desde hacía mucho tiempo.

Debería haber estado allí. Fue la señal de las cosas que vendrían. Clara en el miedo de los ojos de Alex, en la oscuridad del café que me estaba bebiendo, en el modo en que mi Beretta se me clavaba dolorosamente en el costado. Pero entonces permanecíamos ciegos, cerrando nuestros ojos ante ello. Rehusando ver. Más tarde, aquella noche, Max Payne como agente especial de la DEA fue borrado de la vasta red de bases de datos, y reemplazado con una nueva versión de sí mismo: Max Payne, el criminal de carrera con un historial delictivo de un kilómetro de largo.

 

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Hacía un par de días que todo se había venido abajo. Llegaron los malos tiempos, como una tormenta de verano. Sin señales de tráfico. En un curso intensivo con la mafia. Con nada que perder. El Departamento de policía de Nueva York me seguía la pista por la línea de puntos hecha de casquillos vacíos que iba dejando tras de mí. Yo intentaba buscar respuestas, pero cada disparo, en vez de un cierre, era solo un agujero con más preguntas saliendo de el. Un laberinto de preguntas que se extendía, como un charco de sangre esparciéndose por la nieve.

El coche se detiene ante el semáforo. A fuera, la luz pinta de rojo la nieve, como si toda la ciudad estuviese en llamas. Pero dentro, en las sombras del coche, todo está triste. Sé que me estoy mintiendo a mí mismo. Ninguna cantidad de analgésicos puede mantener a raya este dolor. Ninguna mentira puede esconderlo. En realidad no estoy en el asiento trasero de este coche. No comenzó en el restaurante barato con Alex. Comenzó en mi dormitorio hace tres años. Y no he dejado la habitación desde entonces. El asesino muerto a mis pies en el suelo. Michelle yaciendo sobre la cama. Agujeros de bala en su pecho, como rubíes. El llanto de nuestro bebé cortado bruscamente, la pesada ausencia del mismo en el aire. Ese aquello, la respuesta a todas mis preguntas, había sonado hacía mucho tiempo, incluso podía escuchar su eco. La pistola se fundió con mi mano desde ese momento. La habitación dentro de mí dondequiera que vaya.

Especialmente ahora, cuando la ciudad presiona cerca de la ventara del coche, su monstruoso latido bajo los neumáticos. Mis ojos entrecerrados en el espejo retrovisor. Mis manos entumecidas y vergonzosamente mantenidas detrás de mi espalda. Todo lo que vino después de esa habitación es un desastre sin remedio, un remolino caótico, despertando una nausea que sabe óxido en mi boca…

 

 

 

Imagen: www.denofgeek.com

Etiquetas Citas célebres

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